Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007.
La Monarquía y la crisis de la política
Manipulación terminológica y Monarquía
Por Pedro Schwenzer
Muchas veces, algunos conceptos son utilizados de forma equivocada, especialmente por los medios de comunicación, bien porque el que los maneja no está consciente de su verdadero significado, bien porque se trata de manipularlos concienzudamente para confundir las ideas del lector y, a largo plazo, de la sociedad entera para favorecer, en nuestro caso concreto, una predisposición en contra de la idea monárquica.
La desvirtuación de conceptos, tan frecuente en los últimos tiempos, no siempre es intencionada, pero esa no intencionalidad no es sino el fruto de una manipulación terminológica dirigida al debilitamiento primero lingüístico, segundo conceptual y, finalmente, ético y moral, para lograr una sociedad sin ideas claramente definidas y, en consecuencia, fácilmente manejable por parte de los sectores que ostentan el poder fáctico no interesados realmente en el bienestar de sus ciudadanos (o, en nuestro caso, en ceder parte de ese poder a una entidad suprema e independiente, moderadora y vigilante como el Rey).
La manipulación terminológica es una labor gota a gota, pero eficaz a largo plazo. Se da en muchos ámbitos diferentes de la sociedad actual, pues no sólo en la publicidad está probado que la manipulación es beneficiosa para los que la dirigen, sino que resulta mucho más interesante a niveles más elevados como la política. Sólo a veces, y por suerte, la voluntad popular es más fuerte, como demuestran los movimientos monárquicos en los países del este y en Brasil.
Vamos a ocuparnos a continuación de los términos que describen conceptos concretos de especial significado para la Monarquía.
Un término que con más frecuencia se utiliza inadecuadamente es él de la instauración, incluso al hacer referencia a la restauración monárquica española. Parece que se olvida con verdadero placer que en España no ha habido ninguna instauración de la Monarquía, sino una restauración y no mediante el referéndum sobre la Constitución de 1978, sino con anterioridad. El referéndum sólo confirmó esta restauración que se hizo efectiva con la proclamación de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón el 22 de noviembre de 1975, formalizándose la legitimidad dinástica con la renuncia de Don Juan de Borbón en favor de su hijo en 1977.
Instauraciones monárquicas sólo las puede haber en países que no tenían antes la Monarquía como forma de estado o cuando el nuevo régimen monárquico se estableciera sobre una base jurídica (dinástica) completamente distinta (como cuando en España se proclamó Rey a Amadeo de Saboya por decisión de las Cortes a consecuencia del derrocamiento de la Reina Isabel II; o cuando el régimen franquista instauró en 1947 un régimen monárquico inspirado en principios tradicionalistas, pero ficticio en cuanto que no designase qa ningún suceror a título de Rey hasta 22 años después).
En todo caso, cabe hablar de re-instauración después de un período no monárquico, pero consideramos más apropiado el término de restauración como expresión de la legitimidad histórica, lo que no está en contradicción con la idea de modernidad de la institución monárquica, que ha sabido adaptarse mejor que ninguna otra a los nuevos tiempos, a las exigencias del pueblo e incluso adelantándose a los acontecimientos. Esto es importante resaltarlo cuando se empieza a argumentar que la Monarquía es algo que pertenece al pasado, pensando más en su versión cinematográfica del Rey francés Luis XIV y su Corte que en el significado verdadero del Rey y la Corona. Lo que sí pertenece definitivamente al pasado es, en cambio, la revolución bolchevique de 1917 y toda la base ideológica que la trataba de legitimar: no supo adaptarse ba los nuevos tiempos por su inflexibilidad y por su incompatibilidad con la naturaleza misma del hombre.
En consecuencia, y con mucha más razón, al hablar de los países del este europeo y de otros como Brasil, nunca será acertado decir instauración, ni siquiera utilizar el término de reinstauración, porque allí la Restauración significaría el restablecimiento de la democracia, de la justicia y de la paz social. Al igual que la brasileña, todas las Monarquías de Europa oriental tenían y seguirían teniendo legitimidad histórica (Bulgaria, Rumanía, Serbia, Montenegro, Rusia, Georgia, Hungría, Albania).
Al igual que se trata de desvirtuar el verdadero significado y alcance del concepto de la Restauración, se describe a los legítimos herederos de los tronos como si de candidatos de partidos políticos se tratara. La utilización de las denominaciones de aspirante o pretendiente no sólo es del todo incorrecta, sino nos hace sospechar que está dirigida a desautorizar las reivindicaciones legítimas de los respectivos Príncipes Herederos. Todos los Príncipes o Reyes exiliados o destronados que cuentan con nuestro apoyo, son herederos del trono, por la legitimidad histórica y dinástica que les confiere esa dignidad. Es una confusión de términos, a veces intencionada, por parte de ciertos sectores, dirigida a debilitar la idea de legitimidad de la institución monárquica y su derecho a ser restaurada, tratando de poner en entredicho la verdadera condición de heredero legítimo de este o aquel Príncipe o Rey.
Hay que pensar también en que todas las Monarquías de Europa oriental y de Brasil fueron abolidas por la fuerza y en contra de la voluntad popular, incluyendo a Rusia, donde la revolución bolchevique no contó con el apoyo popular masivo, sino más bien con masas dirigidas que no tenían la necesaria representatividad (no hubo referéndum), y donde los cabecillas revolucionarios optaron por eliminar a la Familia Imperial para poner al pueblo ante unos hechos consumados que consideraban así serían irreversibles para eternizar un sistema inviable a largo plazo.
En el caso de la Monarquía no se trata de nombrar candidatos que aspiran a convertirse en Reyes. O tienen derecho a serlo, o no lo tienen, no caben discusiones. Y en cuanto a los Reyes hasta hace poco exiliados (Simeón II, Miguel I), se da la circunstancia que por las razones anteriormente expuestas siguen siendo legítima y en teoría también legalmente los Reyes de sus respectivos países (al restablecerse la democracia se tendría que haber confirmado la vigencia de las constituciones anteriores a la toma del poder por los comunistas y restablecer así la legalidad constitucional y democrática en lugar de saltarse la ilegítima instauración de la república).
En todo caso, podríase hablar de pretendientes cuando no está claro a cuál de los Príncipes corresponde ser Príncipe Heredero, por cuestiones dinásticas (renuncias históricas no confirmadas -por ejemplo- por el Parlamento o el Jefe de la Casa Real o Imperial de entonces), o de aspirante cuando se tratare de elegir a un Rey para instaurar un régimen monárquico.
En fin, cuidémonos de dejarnos manipular. Mantengamos siempre la independencia de nuestras ideas. Seamos siempre críticos con las informaciones que nos hacen engullir. Porque hoy en día hay medios suficientes para documentarnos de tal forma que podamos hacer estudios comparativos que nos permitan llegar a conclusiones lo más objetivas posibles.
Y ante todo, debemos tener muy en cuenta que la institución monárquica debe renovar y aumentar de forma permanente sus autodefensas para contrarrestar un incremento de la agresividad de esas manipulaciones, que podrían tener el mismo efecto como, por ejemplo, un cohete descontrolado.
Esa autodefensa implica también que un Soberano pueda transmitir sin dubitación la seguridad de que la Monarquía moderna puede constituir una fórmula de unión en un clima general de descomposición, destacando las virtudes del orden político que encabeza.
(Artículo publicado en Monarquía Europea Nº 4 Año 2 Abr-Jun 1992)
Rey, Poder y Sociedad
Por otra parte, los mismos males se hacen patentes también en la Monarquía, donde el poder trata de arrinconar al Monarca, relegando a la Real Persona a actos puramente representativos o inclñuso decorativos, dictándole al parecer los contenidos de sus discursos, dispensándole en sentido figurado nada más que sonrisas cínico-benévolas, porque en realidad se trata de imponer una república de hecho que se disimula con un marco decorativo psicológicamente eficaz. Es, precisamente, el modo republicano de gobernar que, reafirmándose contínuamente como democráticamente elegido, hace que se llegue a situaciones de desgobierno, corrupción y pérdida de valores morales y éticos, porque el poder que no respeta la esencia misma del estado basada en la partición de poderes (Rey-Jefe de Estado - Ejecutivo - Legislativo - Poder Judicial), se tiene que traducir, necesariamente, en el cultivo de generaciones futuras depravadas y carentes de todo respeto hacia los demás y a las reglas de pacífica convivencia.
Uno de los más fatales errores cometidos por los que consideran el problema del poder como un mero problema institucional es la falaz suposición referente a las relaciones entre democracia y poder. Concretamente se da por supuesto que la democracia levanta obstáculos más formidables que cualquier otro sistema de gobierno al abuso del poder. Incluso la división democrática de los poderes entre muchos salvaguarda la dignididad y la libertad humanas contra el abuso del poder mayoritario. La realidad no confirma, en modo alguno, esta suposición.
La antítesis de la tiranía no es ni ha sido nunca la democracia ni ningún otro principio específico de gobierno, sino la síntesis de unidad en lo necesario, diversidad en lo accesorio y caridad en todo.
Síntesis a la que es dífícil de llegar en un modo automático por procedimientos formalistas, sino que sólo puede ser inspirada por una mente humana; pero ha de ser la de un hombre sustraído en lo posible a todas las tentaciones de los intereses particulares, situado por encima de las luchas de los partidos, que haga del logro de este alto fin el único motivo de su existencia para el que nació y fue educado. En definitiva, por la mente de un Rey.
Una aténtica Monarquía significa lo contrario de cualquier ideología. Todas ellas, hasta las más antagónicas, podrán encontrar sus partidarios entre los miembros de la comunidad. Pero el estado monárquico no estará adscrito a ninguna de ellas. Sus planes y programas de gobierno, de mucho más largo alcance que los que hacen los estados hoy en día, -el poderlo hacer así es precisamente una de las ventajas de un tipo de estado capaz de extender su mirada a través de las generaciones- estarán inspirados en consideraciones puramente pragmáticas, nunca en asbtracciones de tipo ideológico. Al quedar encarnada la cumbre y cabeza del estado por un hombre físico, de carne y hueso, no por una teoría ni por una abstracción, se vendrá abajo asimismo todo el sistema de ficciones sobre las que están edificados los modernos estados. Tampoco estará situada la entidad hombre en el centro de la gravedad de las preocupaciones estatales, sino hombres físicos de carne y hueso, con todos sus personales problemas. Problemas que se han hecho demasiado grandes y trascendentales en los tiempos presentes, para que pretendamos continuar abordándolos a base de un sistema de ficciones. Por eso es por lo que, como afirmó el doctor Canaval, la Monarquía es el único régimen posible de futuro.
(Editorial publicado en Monarquía Europea Nº 4 Año 2 Abr-Jun 1992)
El Reto de la Monarquía
La Monarquía es un valor tradicional ut supra. Declarada anticuada por los que pretendían ser los únicos representantes del progreso, renace como fénix de la ceniza. En el recuerdo de las gentes sigue teniendo valor y transmite confianza y cobijo para todos, cosas de ls que necesitan especialmente nuestros conciudadanos europeos del este.
Pero no basta con recuerdos ni con símbolos. La Monarquía como institución suprema y moderadora tiene una función muy importante que ejercer: vigilar que se mantengan el orden y las buenas costumbres, la pacífica convivencia y la unidad nacional, que se respeten las leyes y las libertades. Para ello no es preciso que la institución monárquica ejerza poderes políticos; su actividad política es y debe ser independiente y universal, englobando al sentir general del pueblo que representa.
Ninguna democracia parlamentaria ha demostrado se perfecta, nunca lo será. Pero cuando sus representantes, todos ellos pertenecientes a determinados grupos ideológicos y de intereses, empiezan a olvidar para qué están allí, sólo un poder puede llamarles la atención, un poder moderador: la Corona. El Rey de España ha demostrado muy bien saber estar a la altura de las circunstancias. Su toque de atención del mes de julio [de 1991] lo había medido muy bien. No escogió a nadie en concreto al que dirigir sus observaciones críticas. Dijo lo que el pueblo español piensa desde hace tiempo, advirtiendo que está vililando atentamente el buen funcionamiento de nuestra sociedad. Ell servirá para que se hagan esfuerzos por remediar los males que estamos acusando.
El Rey, hoy en día, no toma decisiones `políticas. Eso está bien para evitar posicionamientos partidistas del soberano. Pero tiene un poder moral decisivo para el comportamiento de ciertos grupos sociales, pudiendo lograr tal vez mucho más que otro con poder efectivo.
La Monarquía tiene un gran reto: Demostrar que sigue siendo la mejor forma de estado, por preocuparse por cada uno de sus habitantes y todos juntos, por tomar permanentemente el pulso a la nación para reconocer dónde es preciso actuar, por arbitrar entre los diferentes grupos de interés y actuar como contrapeso en momentos de priducirse graves desequilibrios políticos o sociales.
Si en otros siglos se mantuvo demasiada anclada en el pasado y alejada del pueblo, hoy es lo contrario. La Monarquía en la actualidad está en buen camino y adaptándose con pasos gigantescos a los nuevos cometidos a ella encomendaos, como el llamado "poder moderador".
EL buen hacer de la Monarquía servirá como ejemplo para todos aquellos países que duden aún qué sistema deben elegir. Y que la Monarquía debe ser la última en ser descartada como alternativa viable de reorganización del estado, queda muy bien patente en lo que dijo Álvaro d'Ors: "Si el regreso de las Monarquías fuese imposible, eso equivaldría a tener que darse por terminado el mayor y más brillante período de la cultura occidental. Mas, tranquilícense los de poca fé, porque nada autoriza a pensar así. La humanidad está sedienta de libertad y seguridad, y sólo la Monarquía reúne estas dos cualidades, porque sólo en ella el poder es paternal, al contrario de lo que sucede en los llamados regímenes de fuerza e incluso en las supuestas democracias, en las que el poder "puede resultar" despótico."
La Monarquía es la forma de estado más antigua, regular y natural, porque procede del poder paternal. Ell a engloba los valores tradicionales de toda la nación. Por ello, está allí en el corazón de todos. Y eso podría ser la clave.
(Editorial publicado en Monarquía Europea Nº 2 Año 1 Sep-Nov 1991)
Conspiracions antimonárquiques?

Por Pedro Schwenzer
La Monarquía representa un ordre preestablert d'origen natural o diví. Significa no sols que la seva legitimitat ens va donada per raons històriques i tradicionals, pel seu origen mateix de la nació que conforma un Estat, sinó també pels valors que li son innats, valors básics per a la convivència pacífica i ordenada de tota societat humana. Aquests valors, pel seu origen natural o, si es vol, diví, sín, en realitat, aliens a una base político-ideológica, encara que existeixen avui orientacions idelógiques que consideren a aquests valors propis de determinats sectors polítics.
La Institució Monárquica té, entre altres, alguns trats fondamentals de trascendència superior: la Unitat, la Justícia i la Llibertat. Dintre de valors com la unitat nacional i la llibertat hi ha l'estabilitat política, el respecte a la voluntat majorirària, la pau i la pluralitat.
Des de fa dinou [*1994] anys, Espanya gaudeix d'una estabilitat política exemplar, que tampoc s'ha vist perjudicada per un intent de cop d'estat, ans tot el contrari. Tot això gràcies a l'exemplar actuació del nstre Rei, que va saber guanyar-se per a Ell i per a tota Espanya, l'admiració i el prestigi a nivell mundial. La Corona, superior i aliena a tota lliuta política entre partits, ha sigut en tot aquest període la garantía que cap d'aquestes lluites polítiques hagi arribat a pertorbar l'estabilitat d'Espanya com a país i com a Estat.
Es trist haver de llegir a la premsa d'una "trama de conspiració republicana" - en què es basa? - o d'utilitzar el Rei" per a interessos polítics d'alguns dirigents. Tampoc cert diari madrileny, declaradament monárquic, té por a utilitzar el nom i l'imatge de S.M. El Rei en benefici desl seus lectors, jocs que obsessionen el seu director amb interessos un tant bizantins i posicions monàrquiques desequilibrades i monopolítiques.
És indubtable, i ens ho demostra l'actutut de la "gent del carrer", que el Rei i a Monarquía gaudeixen a Espanya d'un gran prestigi, d'una adhesió forta i un futur indubtable. Precisament en moments de certa agitació política, de desgast d'una de les institucions de nivell inferior a la de la Corona: el govern nacional, aquesta adhesió dels espanyols al seu Rei es fa més notable i fervorosa (recordeu la desfilada de la Guardia Civil a Madrid a mitjans de maig de 1994 a on es va aclamar S.M. El Rei i es va escridassar els membres del govern).
Les conspiracions que podem llegir als diaris aquests dies no tenen cap base lògica. No és sinó una priova més que molts dels polítics implicats no veuen la realitat socioeconòmica i es centren en activitats poc profitoses per al seu país, activitats que els suposen, segons manifesten frequentment quan es tracta de pujar les dietes, un sacrifici mal compensat peró que estan disposats a fer pel bé i progrès d'Espanya.
Si estimessin realment aquest Regne d'Espanya i el poble que el composa, no posarien en joc la seva existència i la seva raó de ser: la seva Monarquía representada per Sa Majestat El Rei d'Espanya.
(Editorial publicat en Monarquía Europea Nº 1 (10) Año I (IV), edició especial en valencià. Nov 1994, subvencionat per a la Generalitat Valenciana)
La desvirtuación de la Realeza
Por Pedro Schwenzer"Los Reyes son una necesidad biológica. Tal vez son un reflejo de la constitución misma del alma."
![]()
Lawrence Durrell
Trigésimo segundo aniversario de la Proclamación de S.M. el Rey de España Don Juan Carlos I
jueves 22 de noviembre de 2007
Lo que faltaba ese día 22 de noviembre de 1975 fue restablecer la legitimidad dinástica, ya que al augusto padre del Rey, Don Juan (III) de Borbón, Conde de Barcelona, Franco negó el derecho de acceder al Trono por las claras diferencias que ambos mantenían respecto del rumbo democrático que debía tomar España, por lo que Don Juan no tuvo más remedio que aceptar la decisión autocrática del dictador de nombrar a Don Juan Carlos sucesor a título de
rey. Con la posterior renuncia de Don Juan el 14 de mayo de 1977 a sus derechos dinásticos a favor de su hijo el Rey, se restableció formalmente la legitimidad histórica del Rey como descendiente directo de los Reyes Católicos, enlazando con Don Alfonso XIII.




